Violencia política y terrorismo de estado

Por Richard Casanova

Ingeniero

Richard Casanova

Richard Casanova

Ocultar su fracaso, el despotismo y la voraz corrupción detrás de una supuesta confrontación histórica entre pobres y ricos, ha sido una práctica constante de la autodenominada “revolución bolivariana”. En medio de su pasticho ideológico, muestran una tendencia a reivindicar que la lucha de clases y el materialismo histórico justifican la violencia política.  Desconocen que la siempre manipulada frase de Karl Marx: “la violencia es la comadrona de la historia”, puede  entenderse también desde la perspectiva de Santo Tomas de Aquino, una de las grandes figuras de la teología y cuyos aportes filosóficos a la doctrina católica son invaluables. Tomas de Aquino también autorizó la violencia política en el siglo XIII, al justificar el levantamiento popular contra gobiernos tiránicos. Lo medular es que tanto el católico y el ateo como el revolucionario y el conservador, en sus reflexiones políticas han condicionado la violencia a lo moral y a los Derechos Humanos, cualquier otra interpretación es una perversión política inaceptable y forma parte de la criminalidad.  En Venezuela, el problema radica en la amplia coincidencia entre Nicolás Maduro y su tocayo Maquiavelo, quien sentara las bases teóricas del Terrorismo de Estado.

Ciertamente, en el siglo XVI Nicolás Maquiavelo hablaba de la “razón de Estado” para justificar la violencia pues consideraba a la política como una realidad ajena a toda moral. Hoy Nicolás Maduro reafirma sus carencias morales al responder con indiferencia, excusas, mentiras o medias verdades a un hecho insoslayable que constituye un crimen deplorable: el asesinato de un venezolano.  Suponer que la víctima tenía nexos con el hampa y que su muerte es un “ajuste de cuentas”, ni siendo cierto justifica el homicidio, más bien evidencia el fracaso del gobierno en su lucha contra la delincuencia, si es que alguna vez emprendió tal lucha. Debemos destacar que el asesinato se comete en un contexto electoral y eso le da connotación política al crimen.  Algunos advertían que dar excesiva notoriedad al hecho, jugaba a favor de la estrategia del gobierno de aterrorizar a la sociedad, pero es inaceptable guardar silencio o moderar posturas, cuando la muerte toca nuestros predios. Al contrario, se hace indispensable una condena enérgica y que los presuntos autores paguen el costo político, solo así es posible evitar una escalada de violencia.  De hecho, la contundente reacción de la comunidad nacional e internacional sugiere que al gobierno “le salió el tiro por la culata” y debe pensarlo muy bien antes de insistir en la ruta del terrorismo.

Si la cúpula cubano-militar pensó que el asesinato de un dirigente podría intimidar al liderazgo democrático y amedrentar a la ciudadanía, seguro recapacitará al ver las imágenes que tomó el SEBIN de la gira de Henrique Capriles por oriente, las cuales evidencian un marcado contraste con la patética visita de Maduro a Anzoátegui.  El gobierno descubrirá ahora que en tiempos de cambio, la injusticia es un acicate para la lucha democrática.  Con Capriles, el entusiasmo desbordó las calles, la gente salía emocionada, nadie estaba ahí bajo amenaza, no había autobuses, a nadie le pagaron, ni se repartieron bolsas de comida. Sin duda, la oscuridad de la muerte es superada por la luz de la esperanza. El cambio es indetenible…