¿Dónde están los dólares?

Ángel Guerra Yánez

Profesor universitario

Ángel Guerra Yánez

Ángel Guerra Yánez

El gobierno no cesa de engañarnos en la medida en que la crisis lo va poniendo contra la pared. Se transforma en un generoso conciliador para sus seguidores cuando reúne a los venezolanos representantes de los sectores productivos del país, que acuden ansiosos a exponerle los problemas por los que pasan sus empresas para poder sobrevivir,   y se enardece, en cambio, cuando la oposición le exige diálogo. Les ofrece a aquéllos soluciones que después la cruda realidad se encarga de desenmascarar quedando, finalmente, comisiones y organizaciones inútiles cargadas de promesas incumplidas.

¡Claro, no puede ser otro el resultado! Cualquiera que sea la posible solución tiene que pasar por la disposición de dólares y estos no escapan de la escasez que nos azota. Tiene que pasar ya, sin ninguna otra alternativa, por la unificación del sistema de cambio, según conclusión unánime de los expertos nacionales e internacionales sobre la materia.

Una entre tantas de las salidas que inveteradamente han propuesto los expertos es la urgente e impostergable necesidad de reducir los dispendiosos gastos del Estado. Tienen que terminar con la desproporcionada burocracia  que  mantienen  las empresas del sector público, generadoras del despilfarro incontrolable de recursos para el sostenimiento de una infraestructura, constituida entre muchos otros fárragos,  por Misiones,  Consejos Comunales, Comunas, Colectivos,  UBCh, patrullas de motorizados defensores de la revolución, mesas de “trabajo”; y ahora el novísimo Parlamento popular  y el ejército de patriotas cooperantes o “soplones”  que en manos de  gente sin  más crédito que ser “seguidores de la revolución”, terminan finalmente lucrándose de manera voraz sin pizca  de recato alguno. Es lo que vemos en los estratos inferiores del gobierno; porque a niveles superiores tendríamos que comenzar por desmantelar su estructura administrativa reduciendo de manera determinante el laberinto de ministerios inútiles (cerca ya de los 50), con y sin cartera, que junto con sus viceministerios asociados configuran la verdadera torre de Babel que es hoy el estado. Acabar con las escandalosas y nutridas comisiones que frecuentemente viajan al exterior en “funciones de estado”. Acabar con el síndrome de Papá Noel, regalando cuantos bienes se les ocurra internamente, y en el exterior hidrocarburos e infraestructura eléctrica, de educación, salud, vialidad, etc., etc.

¡Acabar con la inmensa burocracia que carcome a las empresas y organismos del estado es un clamor inaplazable!

Hablar de la corrupción como coadyuvante de la falta de dólares es ya un aburrimiento. Los escándalos están a la orden del día. Recursos y más recursos provenientes de fondos específicos desaparecen bajo la figura de “fondos anónimos de destino incierto” en bancos del exterior

La corrupción asociada a la burocracia en esta época de crisis es una dupla de consideración obligada. Para nadie es secreto que es parte determinante de nuestros problemas relacionados con la crítica escasez de divisas. Los procesos de quiebra de muchas de nuestras empresas y del escaso nivel de productividad en que han caído, la muerte de las otrora gallinas de los huevos de oro: PDVSA, empresas de Guayana, empresas de lácteos, empresas cárnicas, de ganadería, azucareras, de pesca y agricultura, de la industria automotriz como muchas otras, son muestras ostensibles del retroceso.

Se estima que en entre algún momento de la “revolución” y el 2015 la burocracia pasó en PDVSA de 42.000 funcionarios a unos 110.000 en el presente (lo de “unos” se debe a la falta de información, que constituye la nueva política de las empresas del Estado), período dentro del cual “perdió el rumbo para convertirse en un antro de politiquería”, según el decir de José Toro Hardy.

Por lo que respecta a las ahora mal llamadas empresas básicas y de otra índole  prenombrada, es conocido que se mantienen en estado terminal como consecuencia de intervenciones y asaltos a saco en manos de administraciones incompetentes y de sindicaleros que las mantienen hoy en estado de quiebra.

Tocará a la nueva administración de la Asamblea revivir el uso del preterido instrumento de control que es el “presupuesto” para que la Nación pueda enterarse del uso y destino de sus recursos.  Podremos saber, ahora sí, cuánto dinero aspira destinar esta administración para mantener el desbarajuste en que nos ha mantenido y que pretende acostumbrarnos para mantener su festín.