Fe católica peripecia ideológica

Omar Tapias

Profesor titular de la UNET

Gabriel Omar Tapias

Gabriel Omar Tapias

Los jesuitas hicieron su trabajo desde el primer día que llegaron a América. Establecidos en Venezuela desde 1628, fundaron un colegio en Mérida, dieron inicio al Colegio Incoado en Maracaibo, se fundó la ciudad de Cabruta, en la confluencia entre el Orinoco y el Apure; se establecieron misiones en el alto Orinoco, el Meta y Casanare. De ellos, sobresalen los jesuitas: P. Gumilla, Bernardo Rotella, Felipe Salvador Gilij, Manuel Román. Hombres letrados y claros con su compromiso ignaciano; varios de ellos fueron asesinados por las huestes inglesas y holandesas. Ya América tenia forma, ya los jesuitas eran una piedra en el zapato para uno y otros, para los de aquí y los de allá, hasta que llegó el día en que los borbones cometieron la torpeza de sacarlos de América, para ello expulsaron a 2500 jesuitas, cerraron 120 colegios, les confiscaron millones de hectáreas, pero no pudieron sacar a medio millón de indios que quedaron con su guía ideológica; lo único que hicieron los borbones fue alborotar este avispero.

El costo para los jesuitas fue inmenso, pero las pocas letras que corrían por las calles habían salido de sus misiones y colegios, ya los jesuitas eran mas que tres curas, colegios o un pedazo de tierra, miles de indios y cientos de criollos habían sido catequizados, se había conformado un nuevo sujeto histórico. Sabiendo los jesuitas, que la superestructura del poder estaba consolidada, dominando cada espacio y alma, les era imposible y hasta inverosímil que se quedaran inmóviles, al final de cuentas, por donde se sumara o se restara, nunca se habían quedado paralizados; sus fines de salvar almas se había logrado, el génesis de la vida había sido explicado, lo político y económicos se darían por si solos. Lo que pasó al sur de América no fue distinto en Venezuela, aquí la iglesia y esencialmente los jesuitas y su educación fueron la principal bisagra entre la colonia y sus vasallos. La usura de la monarquía cegó a los reyes y no vieron que a través de los mecanismos que imponían contra los jesuitas, despegaban la bisagra que les unía a América, la torpeza de los borbones daba el primer paso para la sublevación americana.

Los aires de este clima diverso era lo más parecido a la creación bíblica, el mestizaje y la diversidad había impregnado el ratio studiorum, los jesuitas llegaron a creer que aquí, en América, era el paraíso bíblico, por lo que los elementos de tierras y poder debían estar en manos de la iglesia. Ello no era compartido por mucho encomendero, que lo que querían era morder la manzana de oro y comerse uno culitos, posibilidad que lo daba la usura y el contrabando; estos mirares distintos crearon contradicciones, que a la hora de la expulsión de los jesuitas, facilitó que la intriga política hiciera mella en una monarquía débil y socarrona. Por cierto, fueron unos contrabandistas holandeses, los que mataron al jesuita José Gumilla por éste tratar de defender a los indios betoyes, los cuales eran utilizados por los contrabandistas como burros de carga de: cacao, cueros, tabaco, café. Ello sucedía, porque era el Río Apure su vía de escape y por allí el padre había fundado un pueblo de misión. Los jesuitas iban más allá de sus colegios, los factores económicos y dominancia de los medios de producción, como cría de ganado y otros, estaban dentro de su agenda, lo que creaba disputa con los nuevos tipos de propiedad que nacían y que el estado español avalaba.

El padre José Gumilla (1686 ‐1750) fue un misionero jesuita, historiador y lingüista, que realizó su labor en los Llanos del Casanare y Orinoco. Fue Rector del Colegio de Cartagena (1737), Viceprovincial del Nuevo Reino de Granada (1738) y Procurador ante las cortes de Madrid y Roma (1739 ‐1743). Partiendo del Nuevo Reino de Granada, a partir del siglo XVII, los jesuitas realizaron varios intentos de penetración hacia los Llanos y el Orinoco. En la Misión de Casanare y las zonas cercanas al Meta, se encontraron con indígenas de la nación Sáliva. Las misiones se establecieron al sur del Meta, hasta las riberas del Vichada, no obstante, hacia finales del XVII, debido a la intromisión de los contrabandistas ingleses y holandeses, el fracaso jesuita en la faja del sur era evidente; no se sabe si por confrontación con los Sálivas o por culpa de los contrabandistas; la historia marcaría bien el interés inglés en la zona.

En el Táchira, desde muy temprano los Agustinos dominaban la religiosidad en la región, sin embargo los jesuitas, a través de diversos mecanismos se habían apropiado de los medios de producción, ellos sabían que estos daban poder y facilitaba la catequización, ya para 1650, dominaban la producción y trafico de cacao y caña de azúcar en los Andes. San Cristóbal, se situaba en medio de dos ladrones de esperanzas, los jesuitas de Pamplona y los de Mérida. Si bien, a los Agustinos y a los Jesuitas le diferenciaban algunos procederes, cumplían una función bien significativa como institución y articulación básica del gobierno español; los resultados eran los mismos: esclavitud y xenofobia. El ratio studiorum llegaba al 5 % de la población, pero la fe a su dios impregnaba a un 95 % de la población, los cuales continuaban siendo los invitados de piedra en las prebendas de lo económico y lo político, pero no así en lo religioso; allí como base fundamental de clase dominada, eran los primeros invitados y catequizados y si alcanzaba espacio se les daba cupo en la escuela de artes; los colegios  estaban destinados a los hijos de los mantuanos; algo caracterizaba este favor, para pobres y ricos, para uno u otros se unificaba el espacio siempre que se bajaran de la mula con un diezmo, fuera este legado pio, palio, mita, servicio personal o cualquier mariquera que permitiera se concretara en dinero; ya un 10 % de su esfuerzo no sería parte del elemento solidario del hombre, o caridad a desinterés, sino un salvoconducto para asegurar que su culo entrara al cielo.

Al nuevo sujeto histórico que nacía, los jesuitas le habían enseñado que no sólo se administraba el saber, sino igualmente las almas. Como los pobres no tenían nada y a veces ni alma, la iglesia se hacía administradora de quien la poseía o no, entre más pobre, el pecado era mayor, en correspondencia su diezmo y como lo único que tenían era su cuerpo y sus hijos, estos terminaban en las camas y haciendas de los mantuanos. Ya allí, los mantuanos transformaban esta fuerza de trabajo, en legados píos y, la explotación tomaba forma para la Iglesia, en joyas, oro o dinero de la época, si la vaina alcanzaba algo iba para el rey; por ello los borbones venían a cambiar las cosas. Los legados píos era una institución definida en la Partida VI, título IX, ley l, como “manda es una manera de donación, que deja el testador en su testamento, o en codicilo, a alguno por amor de Dios, o de su ánima, o por fazer algo a aquél a quien dexa la manda”. Era pues, una institución mediante la cual el testador hacia a favor de su alma, o de la de sus familiares u otras personas, el encargo de que se celebren misas, sufragios u oraciones, que corren a cargo y en beneficio del clero, para que San Pedro les diera paso al reino del cielo, el legado pío era el tique de pase, fue en esos tiempos cuando se invento este pase de exclusión y de apartheid social; los borbones se dijeron, que San Pedro trabaje, los legados píos ahora será para nosotros.

Dice Troconis (1982), “La primitiva función meramente eclesiástica de la iglesia católica, por presiones de las circunstancias y por imperativo de la historia, va tomando un nuevo cariz con ciertas implicaciones financieras, haciéndola aparecer como un autentico agente de crédito hipotecario colonial. Además del pago de tributos en la producción de tabaco y cacao, el pago de diezmos, primicias y demás tributos para el sostenimiento del culto, comprometen en forma determinante la capacidad financiera de los hacendados, mercaderes y comerciantes, elementos de singular significación en una tierra cuyas actividades económicas eran centradas en el campo agropecuario. Se sumaba a ello los préstamos forzosos de la Corona en épocas de guerra. Ante estas vicisitudes la iglesia era la primer prestamistas, para lo que hipotecaba casas y haciendas; controlando de una u otra forma el agro en la región”.

Para 1700, en el Táchira, si bien no se utilizaba el apelativo de mitayas, como en el alto Perú, si se practicaba la Mita, vieja costumbre Inca de trabajo obligante para las clases desposeídas, mestizos e indígenas, así se hace saber en algunos relatos de la época. La mita en otros casos, fue sustituida por un tipo de aporte o limosna de fe impuesto por los curas de la época, que denominaban el palio, cordero de Dios aportado por ellos a la Iglesia “los indios Chinatos de los pueblos de Lobatera y la Arenosa trataron de hacer dicho palio para la iglesia del Puerto de San Faustino”. En Mérida, los jesuitas además de tener esclavos, se aplicaba a los indígenas, una figura inventada, el llamado “servicio personal”, una forma muy cercana a la esclavitud, en donde no existía regulación de tiempo laborable, así como tampoco remuneración por la faena: allí podían ganarse el tique para lograr el reino de los cielos, pintado y graficado de miles de maneras en las practicas religiosas del ratio studiorum.

La Mita, el Palio o el servicio personal se aplicaba y era efectiva porque la religiosidad era efectiva, como fuerza de poder, fuerza que se agigantó y fue tomada para sí por encomenderos, curas e indios ricos, todo ello posible por tener un Rey más allá del mar. Una de estas prácticas, en San Faustino, relacionada con la familia del prócer Francisco de Paula, es acusada en un juicio de la época, allí se narra lo siguiente “entre dicho Gobernador Militar de San Faustino y Miguel Márquez su teniente General cargan dos canoas con que trafican por el río y las traen cargadas de sal, de aguardiente y ropa de Castilla, y no les dan nada a los indios Chinatos por la vuelta desde el puerto de Gibraltar”.

Cuando la institucionalidad monárquica le hacía juicio al gobernador Almeida por ladrón, uno de los más acérrimos defensores de éste fue Martín de Omaña Rivadeneira, abuelo materno de Francisco de Paula Santander; fue su deber, no sólo como solidaridad en el compartir del poder por ausencia lejana del Rey y respeto a la Santa iglesia Católica, la cual como institución era el eje de estos desmanes, sino que estaba claro en el devenir político, sabía que los borbones no podrían romper los hilos de la avaricia tejidos y añejados en 300 años, allí empezaba a amalgamarse algunos intereses encontrados hasta ahora, entre iglesia, curacas y encomenderos.

Poner orden a última hora, sobre lo legal y lo ilegal, sobre el alma y sus pases a la eternidad, fue entendido por todos como huevonadas de un rey vago e inaccesible. Esclavos, mestizos blanqueados y mismos blancos criollos pobres y ricos, pensaban que no podían seguir dependientes de una península lejana, cuando ellos dominaban cada rincón y el alma de esta América diversa. Una nueva peripecia ideológica “la fe católica”, dominaba y dominaría el cuerpo y alma del nuevo sujeto histórico dominante y dominado; nacía América.

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