La madre Teresa no era ninguna santa

Krithika Varagur

El Huffington Post

Domingo, 20 de marzo de 2016

kva. Madre Teresa

El 4 de septiembre de este año, la Madre Teresa pasará a ser santa Teresa. Esto no sorprende a nadie; fue beatificada en 2003, lo cual marca el camino claro hacia la canonización. Pero es lo último que necesitábamos. Ella no fue ninguna santa.

Canonizar a la Madre Teresa significaría sellar su problemático legado, que incluye conversiones forzadas, elaciones cuestionables con dictadores, una mala gestión y unos pésimos cuidados médicos. Lo peor de todo es que ella fue la persona blanca por excelencia que se puso al servicio del tercer mundo -la razón de su imagen pública- y la fuente de desmesuradas cicatrices en la psique poscolonial de India y su diáspora.

Un estudio de 2013 de la Universidad de Ottawa desmontó el “mito de altruismo y generosidad” que rodea a la Madre Teresa, concluyendo que su santificada imagen no se correspondía con los hechos, y que era básicamente el resultado de una potente campaña de los medios por parte de una Iglesia católica descompuesta.

“El mundo gana mucho del sufrimiento de los pobres”, dijo una vez la Madre Teresa. Incluso teniendo en cuenta la noción cristiana de la humildad, ¿qué tipo de pensamiento perverso subyace tras este razonamiento?

Aunque tenía 517 misiones en 100 países en el momento de su muerte, el estudio reveló que casi nadie que iba buscando cuidados médicos los encontró allí. Los médicos observaron condiciones antihigiénicas, incluso insalubres, comida inapropiada y ningún analgésico, no por falta de financiación -ese no era un problema para la orden de la Madre Teresa-, sino por lo que los autores del estudio califican como una “concepción particular del sufrimiento y la muerte”.

“Hay algo bello en ver cómo los pobres aceptan su suerte de sufrir como en la Pasión de Cristo. El mundo gana mucho de su sufrimiento”, dijo una vez la Madre Teresa a un extrañado Christopher Hitchens, periodista y autor de ensayos centrados en la religión, entre otros temas.

Incluso teniendo en cuenta la noción cristiana de la humildad, ¿qué tipo de pensamiento perverso subyace tras este razonamiento?

La respuesta es el colonialismo racista, como era de esperar dado el lugar donde centró su trabajo. Pese a los cien países, la Madre Teresa es de India e India la consacró como Teresa de Calcuta. Es ahí donde se convirtió en lo que el historiador Vijay Prakash llamó “la imagen por antonomasia de la mujer blanca de las colonias que trabaja para salvar a los cuerpos negros de sus propias tentaciones y fracasos”.

Su imagen se encuentra completamente circunscrita en la lógica colonial: la del salvador blanco que enciende una luz entre los negritos más pobres del mundo.

La Madre Teresa fue una mártir, pero no por India y los pobres del sur, sino por la culpa blanca y burguesa. Como afirma Prakash, funcionó así en vez de como un “desafío auténtico a las fuerzas que provocan y mantienen la pobreza”.

¿Y cómo ayudó a esa gente pobre? Con recelo, si es que los ayudó en algo. Tenía un “motivo ulterior” persistente para convertir a parte de la población hindú más vulnerable y enferma al Cristianismo, como afirmó un trabajador del gobierno indio el año pasado. Incluso existen registros que apuntan a que ella y sus monjas intentaron bautizar a personas agonizantes.

Esta crítica hacia la monja y su orden podría parecer insignificante si no fuera por la incansable campaña de la Iglesia por hacer de ella algo más.

La campaña empezó durante su propia vida, cuando el periodista británico anti-abortista Malcolm Muggeridge convirtió la imagen pública de la Madre Teresa en su singular cruz que portar, primero con un documental hagiográfico en 1969 y luego con un libro en 1971. Puso en marcha la decisión de situarla en el “mundo del mito” en vez de en la historia.

Hacemos a dios a nuestra imagen y vemos la santidad en quienes se nos parecen. En este sentido, la imagen de la Madre Teresa es una reliquia de la supremacía blanca occidental.

Su beatificación póstuma se llevó a cabo con el fervor de alguien que no quería que le pillaran. El papa Juan Pablo II no aplicó los cinco años de espera reglamentaria tras su muerte para comenzar el proceso de beatificación y lo lanzó sólo un año después de que muriera.

Se podría pensar que una mujer que dio lugar a tan extraordinarias medidas debía ser irreprochable. En cambio, la Madre Teresa se codeó con notorios déspotas como Jean-Claude Duvalier, de Haití (de quien aceptó la Legión de Honor en 1981), y Enver Hoxha, de Albania.

Nada de esto es especialmente nuevo. La mayoría ya salió a la luz en 2003, cuando fue beatificada, durante la polémica con Christopher Hitchens y en el documental de Tariq Ali, Hells´s Angel [Ángel del Demonio]. No trato de hablar mal de los muertos.

Pero la inminente santidad de la Madre Teresa me resulta irritante. Hacemos a dios a nuestra imagen y vemos la santidad en quienes se nos parecen. En este sentido, la imagen de la Madre Teresa es una reliquia de la supremacía blanca occidental. Su glorificación viene a costa de la psique india, de mi psique india. Por los mil millones de indios y de la diáspora a quienes metieron a la fuerza la idea de que es distinto, y mejor, cuando los blancos nos ayudan; que aprendieron que una conversión forzada te daba vía libre; que descubrieron el indignante dato de que uno de los cinco “indios” premiados con un Nobel es una mujer que dejaba morir a los enfermos. La pobreza no es bella, es terrible. La Madre Teresa será la santa patrona de los blancos que se vayan de año sabático, no de ninguna persona de color.

Este post fue publicado originalmente en ‘The World Post’ y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano.

 

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