En busca de nuevos caminos*

Alberto Pérez Larrarte

Cronista Oficial del municipio Barinas

Alberto Pérez Larrarte

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“En mi mente juvenil afloraba la aventura y el deseo de surgir a fuerza y voluntad propia, por mi trabajo y capacidad, manteniendo siempre mi dignidad intacta, sin quitarle medio a nadie; no estaba en mí quedarme como sempiterno dependiente de un negocio de otro. Uno debe tener aspiraciones y sueños que engrandezcan el espíritu y saber formarse en la escuela de la vida”.

Con su mente lúcida, el anciano reflexionaba en su ejemplo y constancia de ser alguien de respeto, valores heredados en su formación. Con ánimo acotaba: “Yo no le temo a la muerte, le temo es al olvido y triste de aquel que no es tomado en cuenta, ni siquiera para criticarle. Doctor Tapia, no olvide una cosa, si usted es criticado, es porque es alguien importante en la vida”.

Retomando los recuerdos que bullían de su mente asediada por los años, contaba con temple y firmeza: “En 1907 me vine de Barinitas, pasé por Barinas; volví a Torunos y de allí me fui a Puerto Nutrias y como me habían dado carta muy buena de recomendación, me puse a trabajar en un bongo río arriba y río abajo en el Apure; iba con bongos cargados para San Fernando, El Samán, Apurito, Bruzual, San Vicente, Quintero, Palmarito, Guasdualito, en fin, por todos esos pueblos ribereños”.

En momentos dejaba ir su encendida mirada azul por el espejismo alucinante de la gloria; pero, parecía que en el silencio de tantos recuerdos idos, se le adueñaba la nostalgia, acabando con la pausada quietud de su voz.

“Por ahí en Apurito se me presentó un trágico asunto; le tuve que meter un tiro a un elemento, por lo que me vi obligado a emigrar para El Amparo. Llegué a casa de una vieja colombiana que tenía un gran negocio, de esas pulperías que venden cualquier baratija o bagatela que alivie el consumo; me contrató como dependiente, pero la condenada vieja se enamoró de mí; era una vieja asquerosísima. Allí estuve; hasta que un día buscó besarme; entonces no me gusto la vaina y me fui.

Uno no debe ir donde no nos han convidado y ni quedarse donde le dé piquiña. En la vida hay que abrirse caminos, forjar nuevos horizontes, labrar senderos ciertos, no andar buscando a Dios por los rincones”.

Ese era el filosofar del capitán Larrarte La Palma, un barinés de Obispos, quien siempre manejo el timón de su vida con absoluta libertad de conciencia.

Me hace recordar a mi padre rebelde ante los desafueros del tirano, cuando una noche en Banco Alegre celebraba animoso con ternera llanera la llegada de los amigos exiliados en tierra colombiana por combatir a Juan Vicente Gómez, entre ellos don Hilarión, a quien recuerdo desde que apenas era un niño.

Creo que desde ese momento percibí en mi conciencia infantil lo que es la amistad entre los hombres y el honor de la familia, me di cuenta de la amistad que los unía en el afecto y la solidaridad.

El correr de los años lo demostró. Tal vez por ello se sembró en mí una admiración, amistad y respeto por este guerrillero trashumante y tejedor de sueños libertarios.

Este era el modo de ser y vivir de estos dos hombres separados por largas generaciones; pero unidos en el afecto, el recuerdo y la añoranza de aquellos tiempos idos, que calmaban sus angustias en sus afectuosas conversas que les alimentaban el alma para hacer frente a una sociedad envenenada de espíritu y alienada por un mundo nuevo.

*De libro inédito: “El último soldado de Maisanta” del autor