Pobres los pobres

Javier Chiabrando

Escritor argentino

sin-titulo-2Pobres los pobres, ¿no? Cada dos por tres los sacan a pastorear y se pelean por ver a quién pertenecen. Qué son míos, que son tuyos. Los grandes pensadores de este país (taxistas, periodistas deportivos y peluqueras) aventuran frases rimbombantes en busca de una explicación. Y a veces aciertan. “Pobres hubo siempre”, dicen. Y sí, la mayoría de nuestros abuelos inmigrantes eran pobres. Jesús era pobre. Y Marx era pobre también. Quizá de ahí venga la frase “los extremos se tocan”. Jesús y Marx, hermanados en la pobreza y separados por otra grieta, cual metáfora de esos hermanos pobres que votan enfrentados, uno al progresismo y otro a la derecha para no verse tan pobre como su hermano. O como esos mejicanos que votan a Trump para que otros mejicanos, también pobres, no vengan a entorpecer su modesto progreso.

Pero, ¿qué sería el mundo sin pobres? No existiría el choripán ni las alpargatas, no se habría inventado el tetrabrik ni las ofertas, cosas de y para pobres. ¿Quién te lavaría los vidrios del auto por dos pesos? Sin pobres no habría en quién probar los remedios. No habría a quién sacarle órganos para reemplazar los que mal funcionan en el cuerpo de los ricos. Las galeras nunca hubieran salido de los puertos por falta de remeros y el mundo no hubiera conocido los culebrones de chica-pobre-enamora-chico-rico.

El comunismo intentó equilibrar las cosas haciendo que todos fueran pobres. Pero no había de quién burlarse, a quién odiar. Porque los pobres también sirven para odiar. De no existir, ¿adónde iría a parar ese desprecio? Con despreciar a la suegra no alcanzaría. Y el desprecio que no se usa te termina enfermando. En el comunismo no había a quién echarle la culpa de la inseguridad porque todos eran sospechosos por portación de pobreza. Un lío. Mejor, los ricos a sus piscinas y los pobres a sus pocilgas.

Alguna vez la pobreza fue sinónimo de dignidad, de austeridad, de honestidad. Y tenía su ejemplar romántico, su caballero andante: el croto. Uno lo veía bajar del tren en su pequeño pueblo y era como si le abrieran la puerta a un mundo desconocido, inimaginable. Lo veíamos como alguien que había cambiado una vida de molicie por la libertad de los caminos, aunque quizá era un pobre diablo, extraviado, fugado de la ley, de una familia opresiva.

Ahora los pobres son un botín. Son útiles. A un pobre lo peloteas y lo transformas en obrero, en extra de propaganda o de foto de campaña. Y mantenerlo entretenido sale barato. Un chori y una promesa. Al año siguiente, otro chori y la promesa de que la promesa anterior se va a cumplir. Así hasta que se muere; los pobres se mueren antes que los ricos porque no pueden comprar riñones de repuesto. En cambio, mantener entretenido a un rico sale un huevo y la mitad del otro. Bajarle los impuestos de acá, sacarle retenciones por allá. No te basta un país para satisfacer a un solo rico.

Con los pobres te ahorras palabras. Decís “los pobres” y te saltas conceptos de género, de niñez, de vejez. Los pobres son un poster sin matices ni particularidades. Un bulto. Y si un pobre es genial se lo reconoce dos siglos después. Como Van Gogh, que era tan pobre que no tenía ni amigos pobres. No se le reconoció su genialidad en vida, pero de onda, ¿viste?, porque de haberse beneficiado con su genialidad no tendríamos el mito de su tragedia sino un pintor burgués más.

Yo creo que si un país quiere progresar tiene que tener muchos pobres. Porque los pobres agarran plata y la gastan en un buen asado y le festejan el cumpleaños a cualquier primo nada más que para poder emborracharse. En cambio los ricos la esconden en Panamá, bajo el colchón y siempre están a dieta, o comen sushi (pescado crudo, ¿cuánto puede costar?, y que además le da trabajo a los japoneses).

¿Cuántas películas hay dedicadas a los pobres? Miles, millones. Mire cuánto trabajo generan. Es que los pobres son fotogénicos y siempre están inventando cosas para zafar (si el gobierno deja de hacer casas para pobres, aprenden a hacer casa de barro, ¡habrase visto!), entonces se los puede fotografiar, filmar, investigar. ¿De qué vivirían los dueños de los barcos que cruzan el Mediterráneo lleno de pobres? ¿De qué vivirían los productores y músicos de blues, rap, cumbia villera?

Los pobres dan de comer a los intelectuales desafiando los conceptos de frontera y de país, como hacen los desplazados de Europa. Con eso, un académico te escribe tres libros, que es trabajo para editores, correctores, imprenteros. Los pobres mantienen entretenida a la policía. Un policía que no rompe cabezas se deprime o te hace un golpe de estado. Pero si les das pobres para reprimir, el tipo se relaja, no tiene bruxismo y siente que es útil.

¿Y la iglesia? La iglesia sin los pobres sería un shopping, un cine. Un museo de obras viejas que se ven mejor por Internet. ¿A quién le lavaría los pies el Papa sin los pobres, al nueve de San Lorenzo? Pero los que más se benefician con los pobres son los de la clase media. Ante un pobre, alguien de clase media se siente de clase alta. Los pobres son el espejo en el que reflejarse ante el miedo a caer, o a volver a caer. Es como un ex borracho ante un borracho en vigencia.

El capitalismo tiene en el pobre el modelo para poner a la clase media en caja. Basta con mostrarlo para que la clase media entienda que le conviene trabajar calladito y sumiso. Es un negocio redondo del que cada uno saca su parte: los ricos, más dinero; la clase media, la auto justificación de su sumisión, de su desprecio por toda revolución o protesta que altere la paz de su propio conformismo.

A los pobres los necesitan la derecha y la izquierda. Los peronistas, los radicales. Los de derecha para que barran y se prostituyan. Los de izquierda para tener a mano un mailing en caso de que algún día llegue la revolución, y para que la realidad pueda ser mejor porque es peor. Los peronistas para construir o reconstruir su mitología. Los radicales para enrostrarles a los peronistas su fracaso. Sin pobres, ¿a quién culparían los bien pensantes de los males de la sociedad?

Mire si serán importantes los pobres que le cortan los derechos a los maestros, a los obreros, a los gays, a los artistas, pero a los pobres no. A los pobres no hay nada que cortarles (ni siquiera el agua, el gas y la luz porque están enganchados), y si no lo están y le cortas esos derechos, ¿qué te queda? ¡Pobres más pobres! ¡Mejor todavía! Un país sin pobres se te paraliza a los dos días. ¿Qué pasa cuando todos son de clase media o alta, como sucedió en Europa hasta hace poco? ¡Tienen que traer pobres de otro lado para que hagan de siervos, para que remen esa galera que se llama capitalismo!

Y los pobres hacen su parte. Sabiendo de su importancia, tomaron conciencia de que mueven al mundo y por eso, cuando se les ofrece una vida mejor, patean el tablero y vuelven a votar al que lo va a mandar de nuevo a la pobreza, acá, en EEUU, en Brasil y en la Luna. Quizá no sea otra cosa que recuperar el viejo orgullo de ser pobre, el que se veía en la Argentina profunda: un rancho limpio, una vida sin grandes pretensiones, no cagar más alto de lo que daba el culo, no desear nada del otro, ni la casa, ni el campo, ni la esposa (eso siempre fue negociable).

Por eso señor, señora, si quiere progresar, si por estos días tuvo que cerrar la verdulería, vender el taxi o el banco se quedó con sus ahorros, póngase una fábrica de pobres. Así hace el neoliberalismo y le va bastante bien. Y si bien es verdad que los pobres rara vez interpelan al poder porque el poder queda lejos y para ir a putearlo tienen que tomar dos colectivos y un tren, a veces se cansan y le prenden fuego a todo. Pero eso sucede una vez o dos por siglo. Sería mucha mala suerte que le toque a usted.

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Esta imagen de los barrios marginales de Caracas, luego de 18 años de gobierno socialista del siglo XXI, es una clara demostración de que no ha habido en Venezuela ninguna revolución

 

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