Lo coloquial como un vector académico

Orlando Albornoz

Profesor Titular de la Universidad Central de Venezuela

Orlando Albornoz

Las comunicaciones entre los académicos se rigen por un patrón harto conocido. Esto es, se maneja  un  lenguaje especializado, se acatan unos requisitos procedimentales,  y  se satisfacen ciertas expectativas formales. Al observar a través de las redes sociales en uso en el país se aprecia el predominio  de lo coloquial, por encima de la indispensable seriedad académica. Por supuesto, esta es una actividad que ha ido detectada en otros países, de modo que no hay ninguna novedad para el caso venezolano. Este tipo de actitud hacia el conocimiento se observa en forma nítida en, precisamente, las comunicaciones de las academias venezolanas: Ciencias políticas y sociales, Historia, Medicina, Físicas, matemáticas y naturales, Ciencias económicas e Ingeniería y el hábitat. Véase, por ejemplo el volumen publicado por las academias (2011) Propuestas a la nación, un documento preciso, rico en propuestas, serio y elegante ignorado por una sociedad avasallada por la manipulación política e ideológica que hace uso monopólico de su discurso y se aísla de cualquier otro. De hecho, sobre el tema pareciera que una sociedad como la venezolana, a juzgar por el cómo maneja el discurso público, a través de eventos cuidadosamente organizados y en forma tal que es de obligación el escucharlos, avanza paso a paso hacia un gobierno que encaja en el análisis de un libro reciente llamado a ocupar un espacio interesante en la literatura actual, pues lo hallo al mismo nivel del libro clásico de Hanna Arendt (1951) The Origins of Totalitarianism. Me refiero al libro por Timothy Snyder (2017) On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century.

En el otro extremo del discurso académicos se hallan las comunicaciones coloquiales, que se valen del uso del lenguaje común, del chiste, del chisme, de la cháchara, de la diatriba política, de la grosería, esto es, de la banalidad, de lo simple y mostrando pobreza de ideas y del mismo lenguaje que emplean para comunicarlas. Lo coloquial se caracteriza por su intrascendencia, pues atiende a lo banal, lo inmediato, con una carga emotiva elevada y con una retórica  intelectual  y académica  más  bien  pobre,  por  repetitiva. Lo coloquial es endémico en la ciencias sociales ya que estas operan en el borde de lo opinático, como analiza Morin el bueno, en su excelente libro sobre el tema. El coloquialismo invade el pensamiento político hasta ahogar todo vestigio de reflexión y de lo que llamamos seriedad en el uso del lenguaje, y quien lo dude le bastará escuchar a cualquier político, que son profesionales que a menudo apoyan su discurso en la mentira, en la exageración y en el provecho  utilitario  de  sus  ideas. No me refiero, en modo algún, a los políticos del chavismo, sino a los políticos como género. No niego, en modo alguno que los políticos tienen un discurso interesante, siempre, y personalmente me detengo en ellos cada vez que puedo,  porque  me  ayuda  a  esclarecer  cómo  operan  las  ideas  de  quienes  hablan  para justificar a veces lo injustificable, y tampoco puedo negar que al intentarlo suelen ser simpáticos, graciosos y hasta cómicos. De hecho, si ello no es tomado como un insulto o sacrilegio soy de quienes creían en su momento que el fallecido líder Hugo Chávez Frías era bien divertido, porque era talentoso y llenaba su discurso de ardides intelectuales bien atractivos. Generalmente terminaba siendo divergente, sin duda. Su sucesor distrae menos, porque tiene un discurso más pesado, si bien  articula adecuadamente y de manera inteligente un discurso cuadriculado que maneja en forma repetitiva, lo cual aburre. En el área de lo político coloquial hay otros programas igualmente interesantes, porque reitero que nos permiten observar de primera mano cómo manejan las ideas políticos exitosos. Es el caso de quien es ordinariamente llamado el “hombre fuerte” del gobierno, pero su programa es desconcertante, pues si bien es divertido, a su manera, más bien parece un programa de radio de mediados del siglo pasado pero transmitido por televisión.

Los políticos son competentes en su modo de construir un discurso, que puede ser  banal pero que suele referirse a cosas muy serias –la noción de competencia la he usado con el riesgo  de  que  no  se  entienda  que  la  competencia  no  es  genérica  sino  relativa,  como demostró James Tarrant, en su artículo (2000) “What is wrong with Competence?” El elemento más frecuente en el discurso político es la contradicción. Me ocurre cuando un político, por ejemplo, denuncia que el país no debe nunca caer en el neo colonialismo y sin embargo financia la promoción de compositores austriacos y prusianos, y sus fieles seguidores líderes de la burguesía criolla por millones de dólares, reforzando el neo colonialismo; lo mismo ocurre con el “préstamo” por varios millones de dólares a una universidad privada chilena, ahora intervenida por irregularidades, por el gobierno, liquidándola, siendo esta institución la que entre otras otorgó un doctorado honoris causa al fallecido líder político venezolano Hugo Chávez Frías. Pero si alguien desea verificar las características del discurso político puede ir al de Jaime Lusinchi y, sobre todo, a Luis Herrera Campíns, retratada tal extrema banalidad en un memorable texto de José Ignacio Cabrujas sobre el estado del disimulo[1].

Un ejemplo formidable de la audacia, irresponsabilidad e improvisación del discurso banal es el caso del joven que sin haber visto nieve en su vida es financiado por el gobierno nacional para competir en el campeonato mundial de este deporte de invierno que es el esquí sobre nieve, o el caso de aquel ya olvidado corredor de autos que fue financiado en forma grosera y por el mismo gobierno que se mueve desde Caracas para reinaugurar una plaza Beethoven en Mérida[2].

Los académicos tenemos la obligación de rechazar el discurso banal y aferrarnos al académico, que nos define ante la sociedad. Dejemos a los activistas el cambiar el mundo, que bastante ocupados estamos tratando  de interpretarlo. La falsa ecuación de Marx es, de por sí, una banalidad: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”.

Mientras tanto mediante el uso de chistes, de palabras que el mismo Rosenblat llamaría “malas palabras‟, uso  de  refranes,  e  insultos,  de  diatribas,  de  reclamos  salariales,  los campeones de la tontería imponen su ley, pero, por fortuna, el discurso académico está bien protegido en el país, en manos de quienes creemos que las ideas exigen su propio lenguaje, y que el discurso de los políticos no podrá nunca invadirnos, porque simplemente, navegamos aguas distintas, unos en las espesas aguas del mar en donde nada  se hunde y así flotan indefinidamente, caso en el cual hay más similitudes entre los políticos banales, que de los políticos serios también por fortuna tenemos pruebas más que evidentes. Los académicos, por lo demás, somos evaluados y regulados por las comunidades académicas correspondientes, que son transnacionales y no es fácil hacer trampa, porque los contenidos académicos son cotejados, contrario a lo coloquial, que es libre y sin control. Por ello es de rendir tributo a los políticos serios, tales como  Rómulo Betancourt,  cuya obra  (1955) Venezuela política y petróleo marca historia en el pensamiento político regional o la de Rodolfo José  Cárdenas  y  su  formidable  libro  (1988) Copei  en  la  Constituyente.  La tentación totalitaria de Acción Democrática o la de tantos otros libros que en función de la seriedad de sus ideas crean pensamiento trascedente, que los banales se asoman al balcón de la historia, si bien no llegan a asentarse, pues se asoman a la historia, como dije, pero no llegan a acercarse ni de lejos a lo que Hegel llamaba el “saber absoluto”.

Justamente, otro filósofo, también alemán, Martin Heidegger (1933), expuso una idea que me atrae discutir en este momento. ¿Qué es la universidad si no un compromiso con el saber? Ciertamente una persona puede ser sedentario o itinerante pero es su compromiso con el saber lo que le califica como universitario, no su creencia en una u otra postura de cambio, como tampoco del anti cambio y además me permite este pensamiento discutir si los empleados administrativos y los obreros son parte de la universidad ya que ambos no están comprometidos con la verdad.

El saber en este sentido tiene que llegar a ser el poder formador de la corporación de la Universidad alemana. Esto implica dos cosas: primero, los maestros y escolares, cada uno en su modo, tienen que dejarse dominar y permanecer dominados por el concepto del saber. Y luego, ese concepto tiene que intervenir como agente transformador en los modos fundamentales respectivos, dentro de los cuales los maestros y escolares actúan científicamente en común: en las facultades y gremios”.

Una coincidencia histórica es la que nos recuerda que Hegel fallece en los mismos momentos en los cuales surge la república, por ello más allá de la banalidad esperamos, entonces, es el ave fénix. Hegel, efectivamente, terminaba su libro sobre la historia de la filosofía señalando que “En el espíritu de la época moderna dormitan ideas profundas, las cuales, para saberse despiertas, necesitan de circunstancia y de una actualidad (presencia) distintas aquellos pensamientos abstractos, oscuros, grises, de la antigüedad”. ¿Sera acaso que podemos creer que tras la banalidad que nos circunda dormitan ideas valiosas y útiles para el pensar y repensar de los venezolanos o estaremos condenados a la barbarie del otro Rómulo? Soy de los que duda de tal taumaturgia, pero la misma es posible, si no léase a Lorenz  von  Stein,  en  la interpretación  que hace Herbert  Marcuse (1954: 374-389) en Reason and revolution. Hegel and the rise of social theory. Disponemos en Venezuela, por cierto, un aparato analítico de primerísima calidad sobre la materia, en los textos de la Dra. Adriana Bolívar y sus colegas, en la UCV, de lo cual cito apenas los siguientes trabajos: (2003) Análisis del discurso y compromiso social; (1999) El discurso político venezolano. Un estudio multidisciplinario y (2004) Análisis crítico del discurso de los académicos.

Mientras tanto prevalece en Venezuela la charlatanería que ampara la opinionitis, que inevitablemente  conduce  a  la  anarquía  intelectual  y  académica,  en  donde  cada  quien sustenta sus juicios en sus opiniones, no en lo que sabe, y por ello, finalmente, el rigor en la academia se desvanece, porque, después de todo, el problema del conocimiento no es lo que alguien sabe cómo su opinión. En estricto lenguaje académico las opiniones no cuentan, cuentan son los hechos, los análisis, la severidad en la lógica y en la teoría, como en la metodología que emplee y finalmente el juicio avalado por sus vínculos con la vanguardia del conocimiento. En ciencias sociales y humanidades nos manejamos fuera del cálculo de los números, pero disponemos del aparato de referencias que avala nuestros juicios. No basta, por supuesto, la cita del tal  cual dijo que, sino como se hilvanan las referencias para, precisamente, construir un discurso que es académico porque surge del respeto absoluto por su carácter. Pero lo que mantengo es que el problema no es “cortar y pegar‟, sino “pegar y pegar‟, porque cada juicio académico “se pega‟ del conocimiento heredado, para mantener la necesaria continuidad en la búsqueda del saber, que es apoyarse en los otros, para dejarles a los que vengan, ese tesoro que es el saber y el conocimiento, en donde no cabe, en modo alguno, la opinionitis, la charlatanería y la anarquía propias toda estas cualidades del discurso banal e intrascendente. Por ello lo coloquial es la sobre mesa, la conversa de café, pero de ello no queda sino el momento amable, quizás simpático y hasta gracioso, pero, a la larga y a la corta, pensamiento banal.

Quizás  podamos  concluir  que  lo  académico  no  tiene  por qué  cargar  con  el  discurso coloquial,  pues  este  se  resuelve,  dialécticamente,  en  su  propia intrascendencia.  Por lo demás no hay motivo de alarma, lo coloquial es a la vida académica lo que la maleza a los cultivos, esa „espesura de plantas que daña las tierras de cultivo”[3]. Esto es, lo coloquial forma parte del ecosistema profesional, intelectual y académico de una sociedad, benévolo o peligroso, según pueda ser absorbido por la sociedad misma, peligrosa cuando el discurso coloquial sustituye al discurso académico –un grado aún más dañino ocurre cuando la mentira política invade el terreno de lo creíble, y fue el caso de la Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez o lo de Venezuela Potencia de Hugo Chávez Frías. Vale decir, cuando la maleza ocupa los territorios propios de la academia, que es definida como la sede del pensamiento sistemático, recuperado según procedimientos evaluados y avalados técnicamente y que propone y prepara que cada sociedad pueda insertarse, con relativa comodidad, al flujo internacional del saber. Ese es, en definitiva, el pro domo sua del problema.

Finalmente, tengo respeto por toda expresión  de las ideas, incluyendo lo coloquial pero no tengo estima alguna por el simple parlotear – “Hablar de cosas insustanciales o intrascendentes‟ que es el lugar al cual se remiten muchos que navegan por las redes sociales amparados en la tontería y necedad del puro parlotear, que desdice de la integridad de la dignidad profesional, intelectual y académica. Más aun, creo, como el mexicano Carlos Monsivais, fallecido en el 2010, que “… el deber del periodista y del intelectual es denunciar, prevenir, alertar, apoyar. Hacerse presente en la vida del país de modo cotidiano, haciendo uso de un derecho y un deber   naturales, no por exhibicionismo sino inscribiéndose en la tradición nacional que le confiere al escritor el papel de hablar o polemizar al mismo tiempo con el poder y la opinión pública, con el gobierno y el proyecto o los inicios de la sociedad civil”.[4]

No deseo terminar este breve ensayo sin acotar, muy a título personal, que como profesional, intelectual y académico he seguido los preceptos de mis maestros, físicos y virtuales, que no viene al caso citar a ninguno en este momento, pues quienes me formaron en las aulas venezolanas, han sido reconocidos en mis escritos, y en todo caso suelo citar la influencia del grecólogo Gilbert Highet y de quien de la mano me llevó a procurar el entendimiento de las cosas que estudio y analizo, el suizo alemán Walter Rüegg, antiguo rector de la Universidad de Frankfurt, ya fallecido. Un elemento común extraje de todos aquellos que me enseñaron: que la vida del mundo de las ideas obliga a que seamos serios, respetuosos, obedientes del predicamento de Hesíodo, de los trabajos de cada día, y ante el volumen aterrador del conocimiento, en cada área del conocimiento, no queda de otra -justamente como dicen en México- que abordar ese mundo de las ideas con pasión, con firmeza, con dedicación, pero nunca con un espíritu burlón, banal, coloquial o de parloteo, un fácil camino que conduce solamente a la vulgarización del saber, caso en el cual en vez de conocimientos proponemos ignorancia, que no es otra cosa que el mundo sin ideas.

La obligación, entonces, como los que somos habitantes del mundo de las ideas tenemos una enorme responsabilidad, en relación con el conocimiento. Este crece,  exponencialmente, y cada tres a cinco años el mismo se duplica y ello nos obliga a correr, a navegar con ímpetu para no permitir que el conocimiento no abandone y nos haga inertes[5]. Por otra parte, vivimos los venezolanos un momento estelar de nuestra historia y el país, la nación, espera que los profesionales, intelectuales y académicos asumamos la enorme y crucial responsabilidad de estudiar lo que está

ocurriendo, el por qué esto acontece y qué y cómo  podemos  contribuir  para  que,  en el futuro, estas  cosas  no  ocurran  nuevamente, organizando diques de contención a las ambiciones y extravíos del poder. Pero una cosa es absolutamente clara: hablando, charlando, parloteando, sólo contribuimos con el atraso y la decadencia que nos proponen como horizonte y seremos tan culpables por cómplices de aquellos  que  sólo  quieren  castrarnos,  de  las  ideas  que  constituyen  nuestro  arsenal,  el poderos arsenal silencioso de las ideas, que no conoce ni muros ni prohibiciones ni edictos de la imbecilidad, ni nos obliga a nada excepto a estudiar, a profundizar y asumir la responsabilidad histórica de los hombres de ideas, en todo tiempo y lugar. En cuanto a mí ensayo concluyo que, efectivamente, lo coloquial no puede ser un vector académico, y quien quiera dedicarse a la academia tiene que evitar las aguas procelosas de lo coloquial y aceptar y operar según las normas, patrones y procedimientos de lo que desde la creación del pensamiento, en el mundo de los egipcios del periodo tardío, son el núcleo del pensar profundo.

Precisamente, un insigne obrero de lo académico –que leí y estudie bien temprano en mi carrera- escribió alguna vez que “En la ciencia no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar  sus  luminosas  cumbres,  tiene  que  estar  dispuesto  a  escalar  la  montaña  por senderos escabrosos”, pensador que al elaborar su teoría económica acuño la frase que denuncia a los ociosos: “El trabajo es la medida del valor”. Por ello, en el mismo orden de ideas,  lamento informar a los amigos de lo coloquial y que menosprecian a la academia, que el franco cubano Paul Lafargue no tenía razón alguna cuando argüía sobre El derecho a la pereza. Eso define a la vida profesional, intelectual y académica, trabajo sin fin, más a medida que más se vive, porque, como ya señalábamos, el conocimiento es un ente activo con vida propia que crece de manera tal que es el demiurgo de nuestro tiempo y que si no le obedecemos nos devorará, inevitablemente. Sobre todo si, de manera estúpida, cultivamos la ignorancia en vez del conocimiento. No se conoce ninguna sociedad que haya crecido y se haya desarrollado patrocinando la ignorancia como “paradigma‟, porque las manos de los ignorantes no saben distinguir entre la realidad y la fantasía y suelen cometer errores  capaces  de desmontar el  talento,  el  conocimiento  y el  elemental  sentido de la realidad, para infortunio de sus naciones. El último de los faraones egipcios es el testimonio de tal deriva: Cesarión. Por ello hago la pregunta impertinente: ¿Será acaso que el ciclo de la grandeza de Bolívar se difume en el propio bolivarianismo y con ello el fin del mito? La respuesta la tienen los académicos, si la consideran pertinente, que no los charlatanes de la vitrina de lo coloquial en la cual hemos convertido a la nación.

[1] Véase “El Estado del disimulo. La entrevista a Cabrujas”. La misma fue realizada por el equipo editor de la Revista Estado y Reforma, integrado por Víctor Suárez, Trino Márquez, Luis García Mora y Ramón Hernández. La revista era una publicación trimestral de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), de cuya Comisión cual era miembro quien escribe

[2] Parque Beethoven es un parque con un área de 7.000 metros cuadrados, ubicado en la Urbanización Santa Ana Norte de la ciudad de Mérida, estado Mérida, Venezuela.Debe su nombre a su principal atractivo: un reloj musical, del cual cada hora salen unos “enanitos” mecánicos que hacen sonar unas campanas interpretando melodías de Beethoven. Para evitar obvias confusiones debe aclararse que el compositor alemán nunca residió en Mérida y que la manía del joven Gustavo Dudamel por su música es generosamente financiada por el gobierno venezolano, capaz como es de financiar el neocolonialismo que le ha impuesto la burguesía criolla, para que se pueda escuchar música de compositores prusianos y alemanes y otras aventuras, como la del recordado corredor de autos de la Fórmula Uno, el Sr. Pastor Maldonado, o las más cercanas a los universitarios, el ver como el gobierno bolivariano castiga al sector privado de las universidades, entre otros, pero los financia en el exterior, con la misma irrelevante generosidad.    

[3] Me refiero al concepto de maleza para no emplear el de basura intelectual, los detritus – resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas – que contaminan el citado ecosistema, impidiéndole ejercer el papel de al menos pensamiento crítico. La prensa mexicana es un buen ejemplo de cómo es posible abordar en forma crítica la vida cotidiana de los líderes políticos, en forma tal que se omite a la maleza y otros elementos dañinos a la propia utilidad de quienes nos movemos en el mundo de las ideas; digo mundo, no mundillo, por supuesto. Una exacta interpretación semántica de este último concepto es el llamado„ mundillo de la política‟, precisamente, que consiste en comentarios banales, exageraciones, mentiras y distorsiones y hasta calumnias. Esto es, la cultura oral de sociedades como la venezolana llevada a terreno de la opinionitis. Las redes sociales han permitido re-descubrir la inmensa capacidad de los venezolanos para proceder al subterfugio de hacer creer que lo coloquial es el perfecto sustituto de lo académico.

[4] Citado por Xavier Rodríguez Ledesma (2001: 190) Escritores y poder: la dualidad republicana en México, 1968-1994

[5] Los enfoques de las ciencias cambian vertiginosamente, en la medida en que los problemas son otros, todo el tiempo. Por ejemplo, la sociología, que es mi oficio, cambia radicalmente su bagaje conceptual cada cuatro a cinco años. Hay problemas que se dejan atrás, porque ya su esencia ha sido calada, y se asumen otros, novedosos. Nadie estudia hoy en día las causas de la pobreza y como operarla por ejemplo, ya bien analizada, y lo que se estudia es la operacionalización de las propuestas que disminuyan la misma porque se sabe que nunca puede eliminarse –si bien puede medirse, ciertamente. Por otra parte en este mismo año se organizan grupos de investigación en los países en donde existe robots, ya como parte de la vida cotidiana y se estudia el impacto de los robots en los humanos y las relaciones sociales entre unos y otros, como el estudiar el impacto de una escolaridad sin maestros, pues ese viejo rol del partero del conocimiento queda sustituido por nuevas prácticas pedagógicas, mucho más eficientes, de menor costo. Frente a estos nuevos problemas surgen nuevas teorías y las antiguas sirven sólo es de referencia. Los teóricos del siglo XIX, valga decirlo, no son sólo antiguos, sino cada vez más alejados de nuestros problemas, no obstante que continúen como referencias esenciales del tránsito intelectual del hombre y de la humanidad. Mi arrogancia como académico competitivo en el primer mundo se desvanece, por cierto, ante el hecho objetivo de que solamente en la literatura sajona se producen, cada año, unos 8 a 14 libros esenciales –que no puedo comprar ni hay biblioteca en el país que lo haga por mí- para poder permanecer al día en el análisis de las universidades, pues de lo contrario retrocedo al segundo, luego al tercer mundo y al paso en retroceso que voy   en dos o tres años mis conocimientos y referencias serán completamente obsoletos.

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