Propuesta educativa

Luis Fuenmayor Toro

Con una población que tenga pocos años de escolaridad formal es imposible el desarrollo de ningún país. Para avanzar y mejorar permanentemente su calidad de vida, los integrantes de una nación deben elevar su nivel educativo formal, el dominio de su propio lenguaje, lo que se ha dado en llamar el lenguaje materno; así como abrirse al dominio de otros idiomas, comenzando con el más importante en este momento: el inglés. El dominio de varios lenguajes le abre al ser humano, un mundo de posibilidades y unas perspectivas inimaginables para quienes no tienen esta potestad. La diferencia que hizo superiores a los conquistadores españoles sobre las poblaciones aborígenes de América, incluso aquéllas de los grandes reinos aztecas e incas, fue el dominio de la lectoescritura, al cual no habían llegado las poblaciones prehispánicas.

El conocimiento del español, hablado y escrito, debe ser por lo tanto un objetivo central del proceso educativo venezolano, de manera que niños y jóvenes se expresen con propiedad y desarrollen las capacidades intelectuales ligadas al lenguaje. El otro lenguaje que se debe también dominar, si se quiere ser exitoso en cualquier rama profesional o académica, es el lenguaje matemático. Y es en estas condiciones donde está la principal falla de nuestra educación formal: los estudiantes no dominan ninguno de los lenguajes. Y tampoco lo dominan sus maestros. Ante la carencia de maestros y profesores de español y matemática, y de química y física, se procede a exonerar a los estudiantes del cumplimiento de las actividades de estudio en estas disciplinas. Esta práctica nefasta se inició en el pasado adecocopeyano y se ha profundizado en estos últimos 17 años, y debe ser prohibida de inmediato a través de una disposición legal clara.

El Estado debe garantizar que los estudiantes de educación primaria efectúen todo su trabajo y aprendizaje en el horario escolar, bajo la conducción del maestro, y no en tareas inoficiosas a ser realizadas en los hogares como ocurre actualmente, las cuales se transforman en actividades de madres y padres y hermanos mayores, que dejan muy poco a los niños en edad escolar. Para garantizar este requerimiento se necesitan dos condiciones: un maestro o profesor pedagogo y conocedor de todos los contenidos exigidos a sus alumnos, lo que acaba con el erróneo concepto de que el maestro es sólo un facilitador, y el cumplimiento de 200 días efectivos, de 7 horas cada uno, de actividades docentes directas con los educandos. Estas exigencias deben quedar claras en una modificación de la Ley Orgánica de Educación.

Especial atención hay que prestar a la formación de maestros y profesores de elevada calidad y en cantidades suficientes, para atender las necesidades holgadamente. Los programas usuales de formación docente deben ser reforzados y supervisados, pero se requiere además un programa intensivo de formación de docentes en las disciplinas mencionadas, de manera de acabar con el déficit existente de 18 mil profesores. Becas suficientes para vivir cómodamente y no sólo para sobrevivir, dirigidas a licenciados y profesores en las disciplinas seleccionadas, para realizar cursos de especialización de un trimestre de duración en las mejores instituciones nacionales y con contratación posterior inmediata a tiempo completo para quienes egresen. En tres años se estaría cubriendo el déficit actual. Una disposición transitoria en la Ley Orgánica de Educación sería el instrumento legal que obligaría a la ejecución de este imprescindible programa.

Otro aspecto en el que la escuela es importantísima, es en la incorporación de hábitos personales y sociales en los niños y adolescentes, los cuales serán necesarios en su exitoso desempeño posterior. La escuela actúa en este campo junto con el hogar, lo que obliga a una necesaria y permanente comunicación. Se trata primero de los hábitos de higiene personal: lavado de manos, baño, cepillado de dientes, aseo perineal, vestido, calzado, higiene de los alimentos, descanso, recreación, sueño diurno y nocturno. En los hábitos y normas sociales de convivencia, es la escuela la fundamental para alcanzar los más elevados grados de sociabilidad, de disciplina y de solución respetuosa de las contradicciones que se presenten. El niño y el adolescente son personas con todos sus derechos, pero deben ser disciplinados y no violentar los derechos de sus compañeros ni de maestros y profesores, ni mucho menos amenazarlos con la aplicación de leyes hechas para su protección y no para su perversión.

Uno de los hábitos fundamentales, quizás el más importante a ser inculcado por la escuela, es el hábito de lectura. Desde el preescolar, el niño debe ser estimulado a la lectura de textos adaptados a su edad, de manera que más adelante sea el mismo quien requiera de publicaciones para su lectura. Esto significa la necesidad de una biblioteca suficiente en cada escuela, con el personal profesional especializado para manejarla como debe ser, con el espacio necesario para su utilización por los estudiantes, una dotación bibliográfica suficiente cualitativa y cuantitativamente, que deberá estar en permanente circulación a través del préstamo de libros, y la presencia de los equipos informáticos actuales, de manera que se enseñe todo lo referente a los mismos y cómo utilizar la computación y la Internet en la facilitación del acceso al conocimiento y del aprendizaje. Habrá que incluir una disposición en este sentido en la Ley Orgánica de Educación, que obligue a crear este programa en todas las instituciones.

Por último, hay que hacer realidad el mandato legal de la necesidad de construir y mantener una planta física educativa de excelencia, así como de retribuir con sueldos dignos, excelentes condiciones laborales y seguridad social integral, el trabajo importantísimo de maestros y profesores.

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